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miércoles, 21 de mayo de 2014

UNA VIRGEN VICTORIOSA: LA VIRGEN DEL ROSARIO Y LA BATALLA DE LEPANTO

Cuando el pasado año la Muy Ilustre y Venerable Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad incorporaba a sus desfiles procesionales a la Santísima Virgen del Rosario en sus misterios dolorosos no sólo incrementaba su patrimonio devocional y artística, sino que posibilitaba a sus cofrades y a cuantos reciben la fuerza de su mensaje catequético una de las más antiguas advocaciones marianas, cargada de Fe, y de historia. Vayamos atrás en el tiempo.

Paolo Veronese. La Batalla de Lepanto
 (1572. Galería de la Academia de Venecia).
Se puede observar a la Virgen velando por
los cristianos durante la batalla.
7 de octubre de 1571. Extremo occidental del Golfo de Corinto, en el Mar Jónico, entre la Grecia continental y el Peloponeso. Al norte, un pequeño espacio se abre bajo la ciudad de Ναύπακτος (Neupactos): el Golfo de Lepanto.

A las siete de la mañana, se avistan dos inmensas flotas. La turca, mandada por Müezzinzade Ali Paşa (que aquí sería conocido como Alí Pachá), reunía 210 galeras y 87 galeotas con un total de 120.000 hombres a bordo (50.000 soldados, 15.000 tripulantes, 55.000 galeotes). Sus órdenes eran claras: Selim II, Sultán del Imperio Otomano, les había ordenado salir al encuentro de la flota cristiana, combatirla y derrotarla.

Frente a ellos, al oeste, los navíos de la Liga Santa: 328 buques de guerra, entre ellos 227 galeras y 76 fragatas con 98.000 hombres en su interior. Al mando de todos ellos, Don Juan de Austria. Su objetivo no era otro que poner freno al expansionismo turco por el Mediterráneo, y así, unía las fuerzas de España, los Estados Pontificios, las Repúblicas de Venecia y Génova, el Ducado de Saboya y la Orden de Malta.

La batalla es inminente y será cruenta. Los navíos de la Liga Santa tienen más piezas artilleras, pero los otomanos cuentan con otras armas, como las flechas envenenadas que se aprestan a disparar sus arqueros. Para los cristianos, la ayuda divina es una de sus máximas “á tal que Dios nuestro Señor nos ayude en la santa y justa empresa que llevamos”.

Se inicia un combate que durará todo un día, un domingo –primer domingo de octubre- en el que la Orden de Predicadores (los Dominicos) celebran a la Santísima Virgen del Rosario. Un día en que las tropas de la Liga Santa son acompañadas espiritualmente desde Roma, donde el papa San Pío V (dominico) ha convocado a las gentes a acompañarle en el rezo público de un rosario en la Basílica de Santa María la Mayor.

Al anochecer de aquel 7 de octubre, la Batalla de Lepanto presencia sus últimas escaramuzas. Los cristianos han obtenido una rotunda victoria. Sus bajas: 40 galeras y 7.600 hombres. Los turcos pierden 60 navíos y 30.000 hombres. Son apresados 190 barcos otomanos y se libera a 12.000 cautivos cristianos, apresando a 5.000 “infieles”.

Es el mayor triunfo naval de la Armada Española. Una contundente victoria, de la que uno de los soldados que pelearon en el Golfo de Lepanto, herido en un brazo en dicha batalla, el gran Miguel de Cervantes dijo que era: “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.

Una victoria sin paliativos, atribuida además a la intermediación de la Virgen, ante lo que se incorporó una nueva letanía al rezo del Rosario, al nominar a la Virgen como “Auxilio de los Cristianos”, y declarando en lo sucesivo al primer domingo de octubre como el de la Virgen de las Victorias. Una festividad que, dos años más tarde, en 1573, Gregorio XIII fijaría en el 7 de octubre como día de la Santísima Virgen del Rosario.

La repercusión en todo el mundo católico fue enorme, y a ella contribuyó de forma notable la Orden Dominica, pero sobre todo la devoción popular que la acompañó y que hizo que surgieran entonces nuevas cofradías del Rosario. También en nuestra Diócesis.

En Cartagena, la Cofradía del Rosario, existente desde 1559 adquiere nueva relevancia, a partir de 1579, ya con control dominico, cinco años después de que –según el documento más antiguo que se conoce- surgiera en 1574 la Cofradía del Rosario en Lorca, sumándose a la cofradía murciana, existente desde tiempo atrás.


Así, la Virgen del Rosario es una de las más antiguas y seguidas advocaciones marianas, Auxilio de los Cristianos, Reina del Santo Rosario. Una Virgen que gana batallas para la Fé y que es fiesta universal para toda la Iglesia desde 1716, cuando el papa Clemente XI le atribuyó, una vez más, un trascendental apoyo para una victoria contra los otomanos, en este caso a la que obtuvo el ejército imperial austriaco en la Batalla de Petrovaradin en Temesvár (actual Timisoara, en Rumanía) en el marco de la III Guerra austro-turca.

Publicado en la revista 'Rosario Corinto' (Murcia) en 2014

viernes, 28 de junio de 2013

LA PRIMERA HERMANDAD DE LA SANTA CARIDAD

“La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza”
(Benedicto XVI ‘Caritas in Veritate’)


Apenas veinte años después de la muerte de Cristo, Pablo de Tarso remitió desde Éfeso a Corinto una carta dirigida a la comunidad cristiana de dicha ciudad. En la misma (1 Co 13, 13) mencionó por vez primera las que con el tiempo serían conocidas como las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad (el Amor), a la que consideraba la más grande de todas.

Con toda seguridad, éstas hubieron de convertirse en un referente importante en la vida de los primeros cristianos, como lo testimonia el hecho de que apenas unos años más tarde, a comienzos del siglo II, siendo Adriano emperador romano, fueran martirizadas en Roma Santa Sofía y sus tres hijas de 9, 10 y 12 años: Santa Caridad, Santa Esperanza y Santa Fe.

Con el paso de los años, las virtudes teologales formaron parte del cuerpo doctrinal de la Iglesia. Inocencio III, que fue Papa entre 1198 y 1216 se refiere a ellas, como también lo hizo Clemente V (1305-1314). Siglos más tarde serían objeto de debate en el Concilio de Trento y hoy aparecen en varias ocasiones en el Catecismo.

No es de extrañar, por tanto, que desde tiempos inmemoriales, la Caridad haya sido un referente en la vida de los cristianos, de aquellos que han querido profundizar en la Fe y llevar las enseñanzas de Cristo a su vida cotidiana.

LA HERMANDAD SEVILLANA DE LA CARIDAD

Las primeras referencias que hoy conocemos sobre una Hermandad de la Santa Caridad en España nos remontan a la Sevilla del siglo XV, aunque con unos fines muy concretos y diferentes a los que hoy podríamos encontrar en las cofradías y hermandades existentes en la ciudad hispalense: el de los enterramientos.

Por aquellos remotos años, no existían los cementerios tal y como los conocemos hoy día, que no comenzaron a impulsarse hasta el siglo XVIII y a materializarse de forma definitiva cien años después.

En la España medieval y en la primera Edad Moderna, los difuntos eran enterrados en las iglesias –cuando su familia podía hacerse cargo de los costes- o donde buenamente podían darles sepultura, algo que no estaba al alcance de los más desfavorecidos, de los pobres, los ajusticiados, los ahogados,… de aquellos que vivían en los más bajos estratos de la Sociedad.

Así, los orígenes de la Hermandad de la Santa Caridad no fueron otros que dar sepultura a aquellos cuyo cuerpo quedaba a la intemperie y abandonado, a los humildes y ejecutados. A los marinos que morían en el puerto sevillano. Por eso, la primera capilla –cripta- que construyó aquella hermandad fue conocida popularmente como la capilla de los ahogados.

Aquella continuó siendo su principal tarea durante los años siguientes, hasta que en el siglo XVII ingresó en la Hermandad Miguel Mañara (1627-1679), un aristócrata sevillano que no sólo revitalizó ésta, sino que, ya elegido Hermano Mayor, le encomendó nuevas tareas, al proponer la construcción de un Hospital desde el que atender a los mendigos y a los enfermos que no podían costearse una atención sanitaria.

Aquel hospital y aquella hermandad siguen siendo hoy un referente fundamental en la atención a los desfavorecidos en Sevilla. Miguel de Mañara, reconocido como Venerable por la Iglesia, se encuentra en proceso de beatificación.

EL EJEMPLO DE LA HERMANDAD SEVILLANA EN ESPAÑA

El ejemplo de la Hermandad andaluza se extendió con los años a otros puntos de España. Así, en 1693, un soldado llamado Francisco García Roldán, que formaba parte de la hermandad sevillana, es destinado a Cartagena, a bordo de la galera ‘San Miguel’. Allí funda el Hospital de Caridad, nacido al igual que la que podríamos considerar su ‘hermandad matriz’ para dar sepultura a los desfavorecidos y atención a quienes quedaban fuera por motivos económicos o de clase de la atención de médicos particulares, hospitales militares o de la orden de San Juan de Dios.

En 1767, en Ferrol se refundaba, tras un incendio, el antiguo hospital conventual del Espíritu Santo, que pasó a denominarse “Hospital de Caridad y Nuestra Señora del Buen Viaje”, creándose poco después una congregación para contribuir a sus fines, cuyas constituciones fueron aprobadas en 1782.

La atención a los desfavorecidos, su curación y en su caso darles cristiana sepultura fueron, desde sus orígenes, los fines de las más antiguas hermandades de la Caridad españolas.


Publicado en la revista 'Rosario Corinto' (Murcia) en 2013

FOTOGRAFÍA: Papiro 46 (datado entre 175 y 225 d.C.), uno de las copias escritas más antiguas del Nuevo Testamento. Contiene parte de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios.