Mostrando entradas con la etiqueta Californios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Californios. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de mayo de 2014

SAN PEDRO APÓSTOL: EL PATRIMONIO MUSICAL MÁS EXTENSO DE LA SEMANA SANTA CARTAGENERA

La música es un elemento esencial en la Semana Santa de Cartagena. Las marchas no sólo solemnizan el paso de nuestras procesiones y constituyen un valioso patrimonio artístico de agrupaciones y cofradías, sino que además tienen la extraordinaria facultad de permitirnos disfrutar de ellas en cualquier momento del año, en que sus compases nos trasladan a las calles de nuestra ciudad y nos hacen revivir momentos que permanecen en nuestra memoria.

A lo largo de decenas de años –más de un siglo ya-, el acervo musical de las cofradías se ha ido forjando con un buen número de marchas propias, compuestas para nuestras imágenes, agrupaciones y tercios, como así mismo por otras muchas piezas que, no siendo compuestas para Cartagena, se han hecho con un hueco en el patrimonio musical de nuestras procesiones. Muchas de estas marchas se conservan, otras, por el contrario, han ido quedando en el olvido y tan sólo conocemos su existencia mediante referencias de prensa o de antiguos documentos que nos relatan la Semana Santa que fue.

Pues bien, en ese impresionante archivo musical de nuestras cofradías, ninguna agrupación reúne tantas marchas en su patrimonio como la de San Pedro Apóstol, que desde su fundación a nuestros días conserva –que conozcamos- un total de ocho marchas propias, a las que hay que sumar, además, alguna marcha foránea que no es por ello menos sampedrista que las que fueron dedicadas a ella.

Ocho marchas son un número más que destacado, que como digo no alcanza ninguna otra agrupación cartagenera. Y posiblemente haya alguna más, porque sería de lo más lógico pensar que en la brillantísima etapa compositiva que vivió nuestra ciudad a finales del XIX y comienzos del XX surgiera alguna otra marcha dedicada al primer pontífice, imagen de gran raigambre no sólo por su participación en la magna procesión del Prendimiento, sino por el concurrido traslado que, mucho antes de convertirse en 1930 en procesión, protagonizaba cada Martes Santo desde el Arsenal.

Un traslado que, además, y esta es una cuestión relevante, era el día de estreno para las marchas que cada año incorporaba la Música del Tercer Regimiento de Infantería de Marina fueran o no dedicadas a San Pedro. Por ello, antes de que conozcamos marchas dedicadas a esta agrupación, sí que nos consta que otras, dedicadas a agrupaciones marrajas o californias eran interpretadas ante el trono de San Pedro en Martes Santo, siendo estrenadas antes que con aquellas agrupaciones que eran sus ‘destinatarias’. (1)

Una marcha que sí se conserva y que, aunque no conocemos su dedicatoria, muy probablemente fuera estrenada ante San Pedro es la que lleva por título ‘Pasionaria’, obra del que fuera consiliario californio Andrés Hernández Soro. Éste, hijo de Julio Hernández Costa, era como su padre un hombre de inquietud cultural y amplia actividad que le llevó, sin ser músico, a componer alguna marcha de procesión. Hernández Soro, editor de la revista “Cartagonova” fue asesinado a comienzos de la Guerra Civil. Su marcha se conserva en el archivo de la Música de Infantería de Marina del Tercio de Levante sin que haya sido interpretada en las últimas décadas.

En lo relativo a San Pedro, es muy probable que músicos de la relevancia de Ramón Roig o Jerónimo Oliver, que dirigieron la Música del Tercer Regimiento de Infantería de Marina (Tercio de Levante) le compusieran alguna marcha, como sabemos que hicieron en calidad y cantidad, pero desconocemos la existencia de ninguna anterior a las primeras documentadas, a finales de los años cincuenta.

Porque habría de ser 1957, año en que la Agrupación de San Pedro celebraba sus “Bodas de Plata”, el que diera lugar a las dos primeras que conocemos, ambas de idéntico nombre: ‘San Pedro Apóstol’, compuestas por Eduardo Lázaro y Alberto Escámez.

Aunque las fechas de estreno de las mismas varían según la fuente consultada, parece que la primera de ellas vendría a ser la del músico cartagenero Eduardo Lázaro Tudela titulada como digo ‘San Pedro Apóstol’ y cuya fecha vendría a ser la de 1958. Lázaro Tudela había sido durante muchos años componente de la Música de Infantería de Marina, optando a un puesto de director que consideraba debía asignársele, por lo que cuando no fue así, renunció a su pertenencia a la misma. Comenzó una larga trayectoria al frente de diversas bandas de nuestro entorno geográfico, tiempo en el que también compuso algunas marchas, no en un número elevado, pero sí todas ellas de calidad. La que dedicó a San Pedro fue grabada en tan solo una ocasión, en la doble cinta magnética editada en 1990 por la agrupación marraja del Descendimiento.

Un año más tarde, si hemos de fiarnos de la fecha que se le atribuye, encontramos la segunda marcha denominada ‘San Pedro Apóstol’, en este caso obra de un músico muy notable en otro ámbito, como fue Alberto Escámez López, por aquellos años director de la Unión Musical Torrevejense. Escámez, andaluz de nacimiento, fue durante muchos años músico en Málaga, donde desarrolló una gran labor al frente de la Banda del Real Cuerpo de Bomberos, en un período en el que es considerado como el músico que instauró el actual planteamiento de las bandas de cornetas y tambores. Sin embargo, tras su llegada a Torrevieja abandonó dicho género y se pasó al de la marcha de banda de música, de las que tan solo compuso tres, una de ellas, la que nos ocupa. Una marcha que fue grabada en una ocasión, en la cinta de casete editada en 1982 por la Agrupación de San Pedro.

Durante tres décadas no conocemos ninguna otra marcha sampedrista, hasta que en 1993 un músico cartagenero destacado en un panorama compositivo ajeno a las bandas, Gregorio García Segura estrenaba ‘Las Tres Negaciones de San Pedro’, la única de las composiciones de este prolífico autor de bandas sonoras cinematográficas dedicada a una agrupación california, pues sus otras tres marchas las dedicó a su cofradía, la marraja.

Y no sería la única marcha que San Pedro incorporó en los noventa, pues cuatro años más tarde, en 1997, Benito Lauret Mediato, cartagenero y director de las Orquestas Sinfónicas de Madrid o Asturias entre otros lugares, firmaba una marcha de amplia connotación marinera y gran calidad, ‘Las Llaves del Reino’, que pasaba a ser la cuarta de las composiciones del patrimonio propio de los sampedristas.

Y ya en el siglo XXI llegaron las cuatro siguientes. La primera de ellas, con un nombre claramente inspirado en la aparición de Cristo a San Pedro cuando éste se disponía a abandonar Roma huyendo de una persecución a los cristianos a los que finalmente no dejaría solos, tuvo por nombre ‘Quo Vadis, Domine’ y fue compuesta por Jesús Añó Martínez en 2002. Añó, músico valenciano de amplia formación, entró en 1976 a formar parte de la Música de Infantería de Marina, y desde finales de los noventa dirige también en el ámbito civil en Torre Pacheco.

En 2004, Alfonso Fernández Martínez, mayordomo californio y en los últimos años el más prolífico compositor de la Semana Santa cartagenera estrenó una marcha cuyo nombre forma parte del más hondo sentimiento sampedrista desde hace décadas: ‘La Samaritana’. Sería la primera de tres composiciones dedicadas a esta agrupación, pues en años siguientes sumó a ésta ‘Arrepentimiento de San Pedro’ (2005) y ‘Pedro Marina Cartagena’ (2007), la que cierra –de momento- el amplio número de marchas en el patrimonio propio de los sampedristas. Una marcha que, además, tuvo una cuidada descripción en la revista Tiara del año 2007, cuando el propio autor relata que ésta incluye los primeros compases del himno vaticano (Pedro), el metal y la madera (Marina) y una melodía inspirada en Cartagena.

Pero sería un grave error limitar un somero repaso al sonido de San Pedro sin incluir la referencia a una marcha que no fue compuesta en Cartagena ni para nuestras procesiones. Una marcha que, sin embargo, es con toda probabilidad la primera que nuestro recuerdo vincula al paso de penitentes y trono de San Pedro. Me refiero, como no, a ‘¡Mektub!’ la más conocida de las composiciones realizadas por el músico militar guipuzcoano Mariano San Miguel Urcelay, quien la publicó en su propia revista (Harmonía) en 1925.

‘¡Mektub!’ es San Pedro, aunque no sea sólo San Pedro. Se interpreta en otros muchos lugares (es, por ejemplo, la marcha más representativa de la Semana Santa de Tobarra, Albacete) y se ha grabado casi cuarenta veces en múltiples provincias de España. Su nombre, ‘mektub’ es una exclamación árabe que viene a significar “estaba escrito” y muy probablemente deriva de la experiencia de San Miguel como músico militar en las contiendas del norte de África. Como curiosidad, el platillo con el que comienza su interpretación en Cartagena es una incorporación propia, pues no figura en la partitura original, pero “es necesario” para que la marcha discurra con el compás al que desfilamos en nuestra ciudad, es decir –simplificando- para que empiece con el redoble.

Ocho marchas propias y una acogida y emblemática que, como digo, sitúan a la agrupación california de San Pedro Apóstol como la que más patrimonio musical atesora, y que invitaría a ésta a editar alguna vez una publicación sonora con tan amplio repertorio. Lo esperamos ansiosos.


Publicado en la revista 'Tiara' en 2014
FOTOGRAFÍA: Postal de la Agrupación de San Pedro Apóstol (Californios) 

NOTAS:


(1) – Es el caso, por ejemplo, de ‘Cristo Yacente’, obra de Julio Hernández Costa dedicada en 1926 a la citada imagen marraja con motivo de su llegada a Cartagena y estrenada el Martes Santo en el traslado de San Pedro.

lunes, 7 de junio de 2010

75 AÑOS DEL RECORRIDO MODERNO DE NUESTRAS PROCESIONES

Una destacada efeméride en el calendario procesionista de 2005 conmemorará el próximo Miércoles Santo los 75 años de la notable ampliación que en el itinerario de las procesiones vino a darse en 1930.

Hasta ese momento, los cortejos penitenciales discurrían por las calles del casco antiguo cartagenero sin alejarse en exceso de la Iglesia de Santa María o de la de Santo Domingo, según se tratase de 'californios' o 'marrajos'. Si en un principio los recorridos tenían en cuenta los diferentes conventos en los que los cofrades podían realizar Estación de Penitencia o su llegada incluso a la antigua Catedral, rápidamente evolucionaron en un entorno que circundaba el convento de los franciscanos, lo que hoy es la Plaza de San Francisco.

Como ejemplo, en 1777 la procesión del Santo Entierro partió de Santo Domingo para recorrer las calles Mayor, Plaza de San Sebastián, Honda Baja y Alta, Ignacio García, Almudí, Pedro Mora, San Ginés, Luis de Sala (desde las Cuatro Esquinas a la Calle del Aire), Olmo y nuevamente a la Calle Mayor. Algunos nombres de las calles han cambiado, pero básicamente el recorrido consiste en subir por Honda, entrar por San Antonio el Pobre y bajar por Cuatro Santos.

A finales del XIX el recorrido es muy similar, si bien incorporando en ocasiones la Plaza de Risueño y por tanto la Calle del Duque. Como ejemplo, a comienzos del XX la procesión del Miércoles Santo discurría por las calles Aire, Osuna (Cañón), Mayor, Honda, Plaza de San Francisco –Norte-, Arco de la Caridad, Caridad, Plaza de Risueño, Duque, Plaza de San Ginés, Cuatro Santos, Jara y Aire.

Con ligeras variaciones, esta estructura de itinerarios se mantiene para 'marrajos' y 'californios' hasta que, el 4 de abril de 1930, el Cabildo 'californio' aprueba una importante modificación. La procesión del Prendimiento saldrá de la iglesia de Santa María y recorrerá las calles del Aire, Osuna (Cañón), Mayor, Plaza de Prefumo (San Sebastián), Puerta de Murcia, Santa Florentina, Parque, Serreta, Caridad, Risueño, Duque, San Ginés, San Antonio el Pobre, lados Este y Norte de la Plaza de San Francisco, Honda, Plaza de los Tres Reyes, Jara y Aire, para recogerse de nuevo en la Iglesia de Santa María de Gracia.

Así, desde el Miércoles Santo de 1930, 16 de abril, podemos decir que se crea el concepto moderno del itinerario de nuestras procesiones. La ampliación –notable en extensión por otra parte- a las Puertas de Murcia, Santa Florentina, Parque y Serreta marca el esquema al que hoy siguen acogiéndose los recorridos cada año. Las procesiones se alejan en su radio de acción del punto de partida y recogida, con el consiguiente riesgo para los tronos en caso de suspensión por lluvia, a cambio serán más los espectadores que acoja el recorrido y la composición de la procesión permitirá nuevas incorporaciones en su seno.

Desde que sale de Santa María hasta que llega a la plaza de San Ginés veremos como no hay ni una sola variación con respecto a lo que hoy podríamos denominar recorrido clásico. Al llegar a este punto existían dos opciones, dado que la Calle Campos no existía en aquellos tiempos. O continuar por Cuatro Santos (como harían los 'marrajos' poco después) o dar la vuelta por San Antonio el Pobre como realizaron los 'californios'.

Con todo, la ampliación del recorrido no estaría exenta de polémica. Son muchos más metros a recorrer y el Cabildo 'marrajo' no está por la labor, dado que los portapasos profesionales y los músicos son los mismos que han salido en las procesiones anteriores, y consideran que llegarían cansados al Viernes Santo. Así lo expresa en la prensa local el Comisario de los ‘judíos’ 'marrajos', que firma como “Maro-Vibo”: “la procesión del Santo Entierro es la tercera que se celebra, y los portapasos y músicos son los mismos que han actuado en procesiones anteriores. Deben comprender que cuando la segunda procesión marraja está recorriendo los últimos trozos de la carrera, los portapasos y especialmente los músicos de Granaderos y Judíos no pueden con su alma, como vulgarmente se dice. Y si esto ocurre en un recorrido de mil cien metros, ¿qué sucederá si el itinerario se aumenta a más de tres mil metros? Mediten y verán como no es pertinente aumentar la carrera.”

Así pues, en 1930, hace 75 años, sólo los 'californios' adoptaron este recorrido, aunque los 'marrajos' tardarían sólo un año en sumarse al mismo.

No habría cambios notables (con la excepción hecha de que los 'marrajos' salieran desde Santa María a partir de 1940, abandonando desgraciadamente una tradición de más de tres siglos de hacerlo de Santo Domingo) hasta 1949. Abierto a finales de 1948 el Callejón de Campos, se acordó por los 'marrajos' ese año eliminar del recorrido la Calle Cuatro Santos, marchando por San Francisco, “ampliación de San Miguel” (aún no tenía el nombre de calle o callejón de Campos), San Miguel y Aire.

La última gran ampliación que afectará a la procesión del Santo Entierro tiene lugar en 1971, año en que la Cofradía acuerda incluir las calles Sagasta, Tolosa Latour y Carmen, creando así el ya tradicional paso del ‘icue’. Un recorrido éste que los 'californios' no adoptaron para no seguir la estela marraja, algo que no fue inconveniente a la inversa cuarenta años antes. Resultaría largo y requeriría un estudio específico relatar las continuas probaturas que los del Prendimiento han experimentado desde entonces en busca de un recorrido que los 'marrajos' tenemos perfectamente delimitado.

Hemos ganado en amplitud, en calles más frecuentadas, aunque hemos perdido la espectacularidad del paso por calles estrechas que se abrían ante la luz que desprendían los tronos, en tiempos de no tanta inflación lumínica como en la actualidad. Calles que en algún caso han demostrado que los tronos actuales pueden perfectamente pasar por ellas en una imagen casi de otros tiempos, como la que nos proporciona Santiago cada año en la calle Honda o como la que podría ofrecernos el Socorro si optara por el más que razonable paso por Cuatro Santos en lugar de las "modernas" calles de San Francisco, Campos y San Miguel.

Conmemoramos por tanto esta Semana Santa 75 años de recorrido por calles tan clásicas ya como las Puertas de Murcia, Santa Florentina, Parque o Serreta. Recordándolo podremos ver como el paso de nuestros tronos ante la iglesia de la Patrona es relativamente reciente en el contexto global de la historia procesionil, o que ‘tradiciones’ como el paso por la calle Jara en lo que conocemos como la curva de la Uva son incorporaciones muy recientes a nuestra Semana Santa.

BIBLIOGRAFÍA:

- ESCUDERO DE CASTRO, Enrique. Cartagena Siglo XX. El Faro. Cartagena, 2004.
- MEDIANO DURÁN, Santiago. Primer Opúsculo Relativo a la Agrupación de la Santa Agonía, Vera Cruz y Condena de Jesús de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Cartagena, 1993. Archivo de la Agrupación.
- MACIA CAÑABATE, Francisco. Antiguos Itinerarios de las Procesiones Marrajas. Ecos del Nazareno 1986.

Publicado en la revista 'Capirote' en 2005

OTRAS HISTORIAS Y TEORIAS: LOS APELATIVOS DE ‘MARRAJOS’ Y ‘CALIFORNIOS’

Hay aspectos de nuestra Semana Santa sobre los que el tiempo ha ido dejando caer lentamente una pátina de tradición y antigüedad que, en muchas ocasiones, ha conseguido dar certeza a lo que en un principio fueron meras especulaciones sin base histórica. En otros casos, las leyendas, la tradición popular, ha ido tomando cuerpo sin que se llegue a cuestionar el origen de muchas de estas aseveraciones. Entre estas cuestiones de origen oscuro y hoy día consideradas casi como verdades de fe podemos referirnos a los apelativos de las cofradías cartageneras, los 'marrajos' y los 'californios'.

Los apelativos, los motes con que las familias o los gremios se asociaban desde antiguo conforman una parte importante de nuestra Historia, desafortunadamente cada vez en mayor desuso. En Cartagena, tan “bordesicos” nosotros, es de suponer que los motes que nuestros antepasados se pusieron los unos a los otros deberían ser dignos de estudio, una tarea que desgraciadamente hoy día resulta difícil por la falta de documentación sobre esta materia. El Diccionario de la Real Academia Española define mote como el “sobrenombre que se da a una persona por una cualidad o condición suya” (1). Podemos imaginar que dicha cualidad o condición no debiera necesariamente ser positiva, sino más bien al contrario. Muchos de estos motes no serían necesariamente “cariñosos”, sino que serían usados con la picardía necesaria para zaherir al vecino.

La Cofradía de “los marrajos”

El término 'marrajo' no es un calificativo que pudiéramos calificar de agradable. En los siglos de capa y espada (en los que tuvo su origen la hermandad morada) su uso estaba reservado a los “bravos” en su acepción ahora en desuso de “valentones”, a los pillos o pendencieros. Era poco menos que un insulto entre nuestros antepasados, algo que podemos leer, sin ir más lejos, en la obra de nuestro paisano, el académico ‘marrajo’ Pérez Reverte, experto en el lenguaje de los pillos del Siglo de Oro, tema sobre el que articuló su discurso de ingreso en la Real Academia Española (2).

Es evidentemente cierto que marrajo, además de “Cauto, astuto, difícil de engañar y que encubre dañada intención” (segunda acepción del Diccionario de la RAE) es también un escualo, un tiburón (como curiosidad, de nombre científico “Isurus oxyrinchus”), y tampoco parece éste un apelativo que se pueda recibir de buen agrado. Igualmente es fácil deducir que el uso del mismo epíteto para definir ambas acepciones tendría una obvia conexión.

El marrajo es un escualo de dimensiones pequeñas si las comparamos con otros sujetos de su familia, pero importantes en la comparación con el resto de especies pescadas en nuestras costas. No parece como algo a priori cuestionable que nuestros antepasados, los pescadores que hubieron de ser los primeros devotos del Nazareno, pudieran destinar el fruto de las ventas de sus marrajos a las arcas de la Cofradía. Debió ser éste un detalle llamativo, y con toda seguridad les hizo recibir el apelativo, no exento de ciertas dosis bordes o despectivas, de “los marrajos”, lo que supongo que a estos marineros les haría bastante poca gracia. Cosa diferente además era ser conocidos como la “Cofradía de los marrajos” a llamar directamente “marrajo” a cualquiera de sus miembros. El tiempo, que ha ido descargando de contenido las palabras y porqué no, un poco de quijotismo, han hecho el resto, y hoy somos nosotros los que nos autonombramos 'marrajos', y con todo orgullo.

Como no hay nada mejor que la rivalidad para agudizar el ingenio, la llegada de otra Cofradía a nuestras procesiones serviría para que este calificativo fuera repetido una y mil veces de los de Santa María a los de Santo Domingo, que no se quedarían cortos –seguro- en su réplica.

La Cofradía de “los californios”

Cruzando la Calle del Aire, dice la “tradición popular” que engrosaron la Cofradía del Prendimiento al poco de su fundación unos marinos enriquecidos venidos de la americana California, aunque la propia página web de esta Cofradía (3) ya cuestiona el momento en que esto se produjo, posponiéndolo a mediados del XIX. Y es que, aun conservándose documentación de aquella época, no ha habido forma de encontrar constancia real de la presencia de estos marinos.

En América, California, a mediados del XVIII, era una zona inhóspita habitada por rancheros, misioneros y mineros. En 1769 se estableció en esa tierra (entonces parte de la Corona de España) la primera misión franciscana. En ella, los mestizos, mezcla de mexicano, indio y español, eran llamados californios. No era todavía en esos primeros momentos California una referencia importante entre el pueblo llano, ni mucho menos conocida, cuando el XLV Virrey de Nueva España, el Marqués de Croix realizaba las primeras incursiones antes de retornar a España, más concretamente a Valencia, en 1771. El único marino destacado entre las tropas de Croix era Bernardo Gálvez, quien pese a que el apellido nos resulte familiar, era natural de Málaga y a su retorno a nuestro país tuvo destinos únicamente en Sevilla y Avila, antes de retornar a América para convertirse en héroe de guerra. No era aún momento de enriquecerse en esa tierra, y menos de que un marinero anónimo diera nombre, aunque fuera como apelativo, a una adinerada cofradía. Curiosamente la oportunidad de adquirir riqueza en esa época y ese virreinato se limitaba a la lotería de la Nueva España, que el referido Virrey creara en 1769. Por cierto las tropas de las que disponía Croix en su paso por América eran las del Regimiento de Zamora.

Si saltamos a la segunda fecha que la hermandad encarnada aporta sobre su calificativo de “californios”, la segunda mitad del siglo XIX, cuando México cede California a los Estados Unidos, y se descubren sus minas de oro, plata y mercurio, debemos tener en cuenta que desde 1821 España no ostentaba la soberanía en California, quedando la misma bajo dominio mexicano hasta 1848 en que pasa a ser parte de la Unión y que se acepta como punto en que se descubre la riqueza de las minas de esta tierra. Por tanto serían ya los norteamericanos los que obtendrían los beneficios de éstas y, en todo caso, que sería difícil que cualquier español (mucho menos un marino) permaneciera tantos años después de finalizar el dominio de la Corona española en esas tierras, y además fuera alguien enriquecido que llegara a Cartagena sin que se conserven referencias de su biografía en fechas relativamente recientes.

Lo que sí resulta incuestionable es el origen acomodado de los del Prendimiento. Apenas unos años después de su fundación ya habían completado todo su patrimonio escultórico ni más ni menos que de la mano del más reputado imaginero de la época, Francisco Salzillo, consiguiendo en trece años contar con capilla propia y en tres lustros con la totalidad de sus imágenes.

Creo que para buscar una referencia más fidedigna del uso de tal apelativo deberíamos centrarnos en los orígenes del nombre que se diera a esa tierra americana, California. Un conocidísimo (en su época) libro del siglo XVI, “Las Sergas de Esplandián” (4), epílogo o continuación del “Amadís de Gaula” (es considerado el quinto libro del mismo) habla de una isla mítica llamada California: “Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla llamada California...la cual fue poblada de mujeres negras, sin que algún hombre entre ellas hubiese, que casi como las Amazonas era su manera de vivir. Estas era de valientes cuerpos y esforzados y ardientes corazones y de grandes fuerzas, la ínsula en sí la más muerte de rocas y bravas peñas que en el mundo se hallaba; sus armas eran todas de oro..., que en toda la isla no había otro metal alguno”. Desde 1539 al retorno de un viaje de Francisco de Ulloa se conoce así a esta región en el oeste norteamericano descubierta pocos años antes por Hernán Cortés.

Californio pues era un sinónimo de riqueza, y no parece descabellado que ante el alarde de fastuosidad (en su propio vocabulario) (5) de los del Prendimiento, los cartageneros del XIX se refirieran a ellos como los “californios”, no sin que ello llevara una cierta dosis de venganza de las clases más populares o “los marrajos” contra los ricos recién incorporados a la Semana Santa, aunque no vinieran de California. Podemos incluso encontrar un parangón en un enfrentamiento similar –motes incluidos- que se da en el fútbol argentino. En Buenos Aires hay por encima de todo dos equipos, el Boca Juniors, de la Boca, un barrio pobre y el River Plate. A los primeros los llaman “los bosteros”, haciendo mención al olor a ganado del populacho, a los segundos despectivamente “los millonarios”, habiendo pasado estos motes de un origen insultante a haber sido adoptados con orgullo por unos y otros.

Por tanto, muy probablemente las primeras batallas dialécticas entre ‘calis’ y ‘marras’ tuvieran como protagonista no la defensa del propio calificativo, sino el uso peyorativo del mismo: “eres un marrajo”, “tú un californio”,… serían las lindezas de los niños que de mayores probablemente fueron los que asistieron, ya con las sienes plateadas al nacimiento de las Agrupaciones que aportarían muchos más apelativos que serían, eso sí, motivo de otra historia.


NOTAS:

1 Diccionario de la Real Academia Española. Edición 2002.
2 Pérez Reverte, Arturo. “El Habla de un bravo del siglo XVII”. Intervención pronunciada el 12 de junio de 2003 con motivo de su ingreso en la Real Academia Española.
3 www.cofradiacalifornia.org
4 Garci Ordóñez de Montalvo. “Las Sergas de Esplandián”. Sevilla 1510.
5 Id. 3.


Artículo publicado en 2004 en 'Ecos del Nazareno'